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Sobre dualidad, espiritualidad y las contradicciones de construir la paz

Hay preguntas que no se responden únicamente leyendo libros. Algunas necesitan tiempo, introspección y, en ocasiones, una hoja de papel en la que intentamos dibujar aquello que todavía no sabemos explicar con palabras.

Durante mis primeras semanas estudiando una maestría en Estudios Internacionales de Paz en la University for Peace (UPEACE), me encontré frente a un ejercicio aparentemente sencillo: conectar las teorías, los conceptos y las prácticas aprendidas en clase con mi propia vida y mi comprensión de la paz y el conflicto.

La consigna era reflexionar sobre las conexiones, contradicciones y tensiones entre lo aprendido. Mi respuesta fue dibujar una figura humana atravesada por una línea irregular, rodeada de círculos y conceptos aparentemente opuestos: lo positivo y lo negativo, el conector y el divisor, el mediador y lo destructivo. A lo largo del cuerpo coloqué, además, los siete chakras.

No pretendía formular una nueva teoría sobre la paz. Quería encontrar una manera de conectar lo que estaba aprendiendo académicamente con otras formas de comprender la experiencia humana que también forman parte de mi historia personal.

Y fue precisamente en esa intersección donde apareció una pregunta que considero mucho más compleja de lo que parece: ¿qué significa realmente construir la paz?

Entre lo que aprendemos y lo que somos

Estudiar la paz y el conflicto implica acercarse a realidades que no siempre son cómodas. Aprendemos sobre violencia directa y estructural, desigualdad, poder, exclusión, instituciones y movimientos sociales. Descubrimos que los conflictos rara vez tienen una única causa y que aquello que llamamos paz puede esconder relaciones profundamente injustas.

Pero existe una distancia entre comprender intelectualmente estos fenómenos y reconocer cómo nos relacionamos con ellos en nuestra propia vida.

Podemos defender el diálogo y, al mismo tiempo, negarnos a escuchar a quien cuestiona nuestras convicciones. Podemos hablar de justicia mientras reproducimos privilegios de los que nos beneficiamos. Podemos condenar la violencia visible sin prestar suficiente atención a las estructuras que la hacen posible.

Esta distancia no invalida necesariamente nuestras convicciones, pero sí nos obliga a examinarlas.

La reflexión personal no sustituye el análisis político, económico o histórico. Tampoco basta con trabajar en nosotros mismos para transformar las condiciones que producen sufrimiento. Sin embargo, ignorar nuestra propia participación en esas dinámicas sería otra forma de simplificar la realidad.

Quizá una parte del desafío consiste en reconocer que no somos observadores completamente externos de los conflictos que estudiamos. También somos personas con valores, intereses, contradicciones y límites que influyen en nuestra manera de interpretar el mundo.

La dualidad y la tentación de dividir el mundo en dos

En mi dibujo aparecen dos palabras: positivo y negativo.

La dualidad es una idea que me interesa porque atraviesa muchas de nuestras formas de interpretar la realidad. Tendemos a organizar el mundo mediante oposiciones: paz y guerra, bien y mal, razón y emoción, individuo y sociedad, nosotros y los otros.

Estas distinciones pueden ayudarnos a comprender ciertos fenómenos, pero también pueden convertirse en fronteras demasiado rígidas.

En los estudios de paz, por ejemplo, distinguir entre paz negativa y paz positiva permite reconocer que la ausencia de violencia directa no garantiza la existencia de justicia. Una sociedad puede permanecer relativamente estable y, aun así, sostener desigualdades, discriminación y exclusión.

La aparente tranquilidad no siempre significa que exista paz.

También ocurre lo contrario: el conflicto no es necesariamente sinónimo de destrucción. Las tensiones pueden revelar injusticias ignoradas, cuestionar estructuras de poder y abrir oportunidades para el cambio. Esto no significa romantizar la violencia ni asumir que todo conflicto es constructivo, sino reconocer que necesitamos analizar sus causas, sus dinámicas y sus consecuencias antes de emitir un juicio.

La pregunta, entonces, no es simplemente si algo es positivo o negativo. Es necesario preguntarnos: ¿positivo para quién?, ¿negativo para quién?, ¿en qué contexto y con qué consecuencias?

Esta mirada también me invita a cuestionar la necesidad de encontrar siempre una respuesta definitiva. A veces, comprender un problema exige permanecer un tiempo dentro de la incertidumbre, sin confundir la complejidad con la ausencia de principios.

Los chakras: una perspectiva personal, no una teoría de la paz

La presencia de los siete chakras en mi dibujo responde a otra dimensión de mi reflexión: mi propio trasfondo espiritual.

No forman parte de una teoría que esté atribuyendo a UPEACE ni pretendo presentarlos como un modelo científico para explicar los conflictos. Son parte de un marco espiritual que me permite explorar preguntas sobre la experiencia humana desde un lenguaje diferente al académico.

En las tradiciones que trabajan con este sistema, los chakras se asocian con distintas dimensiones de la existencia, desde la seguridad y el arraigo hasta la comunicación, la conciencia y la conexión con algo que trasciende al individuo.

Como marco simbólico, me invitan a pensar en la paz desde una perspectiva más amplia. ¿Qué lugar ocupan nuestras emociones en la manera de afrontar los desacuerdos? ¿Cómo influye nuestra necesidad de pertenencia en la forma de relacionarnos con quienes consideramos diferentes? ¿Qué sucede cuando nuestras convicciones intelectuales no coinciden con nuestras acciones cotidianas?

No necesito asumir que todas las tradiciones espirituales describen una misma verdad para reconocer que pueden ofrecer lenguajes valiosos para la introspección.

Tampoco considero que la espiritualidad deba estar exenta de cuestionamientos. Las tradiciones espirituales, como cualquier otra construcción humana, pueden promover compasión y responsabilidad, pero también pueden utilizarse para justificar jerarquías, evadir responsabilidades o ignorar problemas materiales.

Por eso me interesa mantener una relación crítica con estas perspectivas: acercarme a ellas sin convertirlas en verdades incuestionables, y reconocer su valor personal sin confundirlo con evidencia científica.

Para mí, integrar esta dimensión espiritual en el ejercicio no significaba sustituir las teorías de paz por los chakras. Significaba permitir que dos lenguajes distintos convivieran en una misma reflexión, reconociendo tanto sus posibilidades como sus límites.

Conectar también puede significar dividir

En la figura dibujé conceptos como conector, divisor, mediador y destructivo.

Al observarlos, pensé en cómo una misma persona puede desempeñar funciones diferentes según el contexto en el que actúa. Podemos construir puentes entre comunidades y, al mismo tiempo, levantar barreras frente a quienes quedan fuera de nuestros círculos de pertenencia.

La comunicación es un ejemplo especialmente interesante. Puede facilitar el diálogo, hacer visibles las injusticias y contribuir a la reconciliación. Pero también puede difundir prejuicios, deshumanizar a determinados grupos y profundizar la polarización.

La intención de una persona no siempre determina el resultado de sus acciones.

Del mismo modo, una institución puede presentarse como promotora de estabilidad mientras reproduce condiciones de exclusión. Un movimiento social puede impulsar transformaciones necesarias y, a la vez, enfrentarse a contradicciones internas. Incluso la mediación, cuando ignora las desigualdades de poder entre las partes, puede terminar legitimando una situación injusta en nombre de la neutralidad.

Esto me recuerda que la construcción de paz no consiste únicamente en promover buenas intenciones. Exige prestar atención a las relaciones de poder, escuchar a quienes suelen quedar al margen y evaluar las consecuencias concretas de nuestras decisiones.

La paz necesita empatía, pero también análisis crítico. Necesita diálogo, pero también justicia. Y necesita personas dispuestas a revisar sus propias posiciones sin olvidar las condiciones estructurales que limitan las posibilidades de los demás.

De lo personal a lo colectivo

Mi dibujo también incluye los movimientos de base, porque la paz no puede reducirse a un proceso individual.

La introspección puede ayudarnos a reconocer nuestros prejuicios, comprender nuestras reacciones y asumir responsabilidad por nuestras acciones. Pero no elimina por sí sola la pobreza, la desigualdad, la discriminación ni las instituciones que reproducen la violencia.

Del mismo modo, una transformación institucional difícilmente será suficiente si no considera las experiencias, necesidades y capacidades de las personas que viven sus consecuencias.

Lo personal, lo relacional y lo sistémico están conectados, aunque ninguno pueda sustituir a los otros.

Una persona puede trabajar en su capacidad de escuchar, pero necesita espacios donde el diálogo sea posible. Una comunidad puede desarrollar mecanismos de cooperación, pero requiere condiciones materiales y políticas que permitan sostenerlos. Un Estado puede comprometerse con la paz, pero sus declaraciones deben traducirse en prácticas, instituciones y políticas coherentes.

Por eso me parece importante desconfiar de las explicaciones que depositan toda la responsabilidad en el individuo. Decirle a alguien que encuentre su paz interior resulta insuficiente cuando las circunstancias que enfrenta están marcadas por la violencia o la injusticia.

La transformación personal importa, pero no debe convertirse en una excusa para ignorar la transformación colectiva.

Aprender a habitar las contradicciones

La línea irregular que atraviesa mi dibujo no representa una respuesta definitiva. Prefiero interpretarla como un recordatorio de las tensiones que acompañan cualquier proceso de aprendizaje.

Estudiar la paz no significa alcanzar una posición desde la cual podamos observar el mundo sin contradicciones. Significa desarrollar herramientas para reconocerlas, analizarlas y actuar con mayor responsabilidad frente a ellas.

Tal vez nunca consigamos que nuestros valores, nuestras decisiones y nuestras circunstancias coincidan perfectamente. Pero podemos esforzarnos por reducir la distancia entre lo que defendemos y lo que practicamos.

Podemos aprender a reconocer cuándo nuestras convicciones nos ayudan a comprender a los demás y cuándo se convierten en barreras. Podemos cuestionar nuestras propias certezas sin renunciar al compromiso con la justicia. Podemos acercarnos a distintas tradiciones de pensamiento sin asumir que todas explican el mundo de la misma manera.

Y podemos aceptar que el aprendizaje no siempre avanza en línea recta.

A veces, una nueva teoría confirma algo que intuíamos. Otras veces, cuestiona una convicción que creíamos inamovible. En ocasiones, nos obliga a reconocer que una pregunta que parecía resuelta era mucho más compleja de lo que imaginábamos.

Quizá por eso sigo encontrando valor en el ejercicio de dibujar estas conexiones. No porque una imagen pueda explicar por completo la paz y el conflicto, sino porque puede ayudarnos a visualizar relaciones que, de otro modo, permanecerían dispersas.

Al final, mi dibujo es apenas un mapa personal: una representación provisional de lo que pienso, de lo que estoy aprendiendo y de aquello que todavía necesito cuestionar.

No pretende ofrecer una fórmula universal para construir la paz.

Pretende recordarme que estudiar la paz implica también examinar cómo la entendemos, cómo nos relacionamos con los demás y qué hacemos con aquello que aprendemos.

Porque comprender la paz es una tarea intelectual. Construirla es una tarea política, social y colectiva.

Y procurar que nuestras acciones sean coherentes con aquello que defendemos es, también, una tarea profundamente personal.

Tal vez la pregunta no sea si podemos eliminar todas nuestras contradicciones, sino qué hacemos cuando finalmente somos capaces de reconocerlas.

Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a transformar a partir de ellas.

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