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Estaba esperando en el pasillo de la clínica Ricardo Palma y en la tele pasaban la noticia de la “anti-bienvenida” que le dieron a Phillip Butters en Puno. Años atrás, él había calificado de “terroristas” a los manifestantes puneños que protestaron en 2022 contra el gobierno de Dina Boluarte, pidiendo nuevas elecciones y el cierre del Congreso. Incluso llegó a preguntar al aire por qué la Policía no les había “metido un balazo en la cabeza”.

Detrás de mí, unas señoras comenzaron a comentar que los puneños eran unos salvajes, que Puno debería ser parte de Bolivia y no del Perú. Una de ellas remató diciendo que todos son “terrucos, terrucos”, y que la chica que trabajaba en su casa era una malagradecida, infiel con su patrona, y que así eran todos los violentos.

Y ahí, en ese pasillo frío, me quedé pensando en la violencia. En cómo señalamos a los “violentos” sin reconocer que, muchas veces, son ellos quienes más hemos violentado como sociedad. Los que cargan con el peso del abandono, del desprecio y de la desigualdad. Aquellos a quienes se les negó la voz, la justicia y la dignidad, y que ahora son los primeros en ser juzgados por reclamar lo que nunca tuvieron.

Me cuestioné por qué tantas veces he escuchado decir que “la lucha de clases no es el problema”. Pero sí lo es. Es lo que nos divide. Porque incluso quienes más tienen —más educación, más recursos, más oportunidades— suelen ser quienes menos empatía logran tener.

No le dije nada a las señoras. Y me duele no haber podido levantar la voz. Tal vez porque, en ese momento, entendí que la violencia que ellas ejercían con sus palabras era la misma que me atravesaba a mí, la misma que tantas veces nos ha silenciado. Me callaron la boca sin hablarme. Me somatizaron con su desprecio. Me recordaron, una vez más, cuánto falta. Cuánto nos falta todavía para sanar.

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