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En estas semanas en UPEACE he aprendido mucho más que en toda mi vida. Y no necesariamente porque las clases sean extraordinarias, sino porque el propio contexto de la universidad me está obligando a interpelar constantemente mis valores, mis principios y mis actitudes.

Las clases son interesantes, por supuesto, pero no son necesariamente lo más destacado. Lo verdaderamente transformador es convivir, de lunes a viernes, con personas de más de 22 países, con experiencias, culturas, perspectivas y formaciones completamente distintas.

Y, de manera casi inevitable, esa diversidad me mantiene en un estado constante de cuestionamiento. Me pregunto cuál es mi rol, cómo me relaciono con los demás, qué prejuicios tengo, de dónde vienen mis ideas y por qué pienso como pienso. Es como si estuviera, constantemente, deconstruyéndome.

He empezado a reflexionar sobre lo que realmente significa construir paz en un mundo donde el ideal de paz implica, muchas veces, sentarse a dialogar incluso con aquella persona que representa todo aquello a lo que te opones.

Construir paz es escuchar. Es observar. Es intentar entender. Es comprender sin necesariamente estar de acuerdo. Es respetar. Es buscar puntos en común incluso cuando las diferencias parecen irreconciliables.

Y, en ese proceso, estoy también aprendiendo a mirar hacia adentro.

Estoy constantemente mediando entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Intento ser coherente dentro de mis propias incoherencias. Las estoy identificando, señalando y tratando de trabajar en ellas.

Quizás eso es lo que más estoy aprendiendo aquí: que construir paz no empieza necesariamente con los demás. También empieza con uno mismo.

Así que, anyway, esa es mi vida ahora:

destruir para reconstruir.

Desarmar lo que creía saber. Cuestionar lo que daba por sentado. Reconocer mis contradicciones. Y, poco a poco, intentar reconstruir una versión más consciente, más coherente y, espero, mejor de mí mismo.

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