Cuando leí Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky —un libro famosísimo que también se convirtió en una película muy conocida con Emma Watson y Logan Lerman— encontré varias reflexiones que aparecen con mucha fuerza en la adolescencia. Sin embargo, con el paso del tiempo entendí que muchas de esas ideas no desaparecen; si no logramos deconstruirlas, pueden quedarse como patrones constantes en nuestra vida.
Entre todas, hay una frase que se volvió muy famosa, incluso banalizada y comercializada, pero que a mí me dejó una de las lecciones más profundas. Es una frase que vuelve a mi cabeza cuando me evalúo, cuando aconsejo a alguien o cuando observo las relaciones de quienes me rodean:
“Aceptamos el amor que creemos merecer.”
En tan solo seis palabras siento una interpelación absoluta sobre cómo amo y cómo dejo que me amen. También aparece cuando escucho a mis amigos contar cómo los tratan sus familias, sus parejas o incluso sus círculos de amistad.
Porque esa frase resuena en todos los ámbitos de la vida.
Aceptamos el amor que creemos merecer cuando nos tratan mal.
Cuando nos humillan.
Cuando nos gritan.
Cuando no nos tienen en cuenta.
Cuando nos apartan o nos excluyen de un grupo.
Cuando hablan a nuestras espaldas o se ríen a costa nuestra.
Y aceptamos todo eso porque, en algún lugar profundo, creemos merecerlo. Como si fuéramos un chaleco antibalas donde otros practican puntería.
Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿por qué?
¿De dónde viene esa aceptación?
¿En qué momento aprendimos a normalizar ciertas formas de trato?
Ahí empieza un camino más largo: el de la introspección. El de mirar más allá de lo superficial, sanar ciertas heridas y aprender a poner límites claros.
Porque sí, aceptamos el amor que creemos merecer.
Pero también podemos preguntarnos algo más importante: ¿y si la idea de amor que aprendimos está distorsionada?
Tal vez entonces sea momento de mirar un poco más hacia adentro…
y dejar de aceptar cualquier cosa solo para recibir una pequeña cantidad de amor.



